| ¿Reforestar el El Ávila? |
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Todos nos preguntamos ¿Qué hacer? Y ya muchos se aprestan a colaborar sembrando de nuevo esas laderas dañadas. Pero… alto allí, debemos hacer las cosas bien, y para ello hay que producir un plan que tenga origen en bases históricas, ecológicas, técnicas y en principios científicos que nos ayuden a tomar las decisiones correctas. Del mismo modo hay que trabajar mancomunadamente, para poner al servicio del área protegida todo el saber de muchos expertos que pueden dar su apoyo a la idea. Un somero análisis básico nos señala hacia que, primero y primerísimo, hay que garantizar que se repare o se extienda -y funcione- la red de tuberías de agua desde los estanques y captaciones de manantiales, que existe en el parque, para: luego que estemos seguros de poder apagar fuegos con rapidez o de poder humedecer constantemente el suelo con la red mediante goteo intermitente desde sus puntos de aspersión, se pueda pensar en sembrar. Segundo, se requiere organizar y ejercer una vigilancia estricta, pues los "quemones" que pasan por la cota mil son los que prenden el fuego. El fuego en esas sabanas no ocurre espontáneamente, ni se trata de un simple cabo de cigarro tirado a la maleza, pues existen estudiosque demuestran que las colillas encendidas nunca alcanzan las temperaturas que se requieren para prender la sabana. La cosa es intencional, sin duda alguna. Es importante recordar que cualquier nuevo intento de reforestar el Ávila debe vencer fuerzas naturales que tienen al menos quinientos años de ocurrencia. Guacaipuro y sus antecesores quemaban estas faldas de montaña para espantar la cacería. Los suelos de esos estribos están, desde entonces, acostumbrados a la quema periódica y a una cobertura vegetal graminosa que produce buen combustible en cada época de sequía. Es importante mirar hacia atrás por los ojos de los pintoresde Caracas como Anton Goering, Ferdinand Bellerman y Cabré, En sus cuadros, las faldas del Ávila siempre están desprovistas de vegetación boscosa y solo en las zonas muy altas y en las hondonadas de las quebradas se observan manchas verdosas. Por algo será!
Leonardo Arjona, en su proyecto ecológico para el Ávila, nos dice: " Vareschi (1955, 1967) cita que una gran parte de las sabanas de hoy en día cubren las faldas inferiores de las montañas alrededor de Caracas, deben su existencia y extensión actual a la intervención humana (tala, fuego), probablemente ya desde los tiempos de la primera colonización del Valle de Caracas por los aborígenes". También Arjona nos dice que: " Al momento de la llegada de los españoles al Valle de Caracas ya existían amplias áreas de sabana (Pimentel, 1577, citado en Jahn 1934) y el proceso de su expansión ha seguido hasta los últimos años, cuando con la creación del Parque Nacional “El Ávila” en 1958, fue instaurado un riguroso control de la invasión humana y de los incendios de tales áreas". (ver las fotografías del cerro, tomadas desde Altamira, que datan de finales de la década de los años cuarenta) Conocí personalmente al Dr. Volkmar Vareschi, connotado ecólogo vegetal muy estudioso de la Serranía de la Costa, hacia los años sesenta, y recuerdo haber hablado con él sobre sus estudios paleo-palinológicos de muestras de polen de gramíneas, fosilizado en los sedimentos de la laguna de Catia, y datados con fechas previas a la llegada de los Españoles, de allí su conocimiento sobre el origen de dichas sabanas, pues el polen de las especies que vemos hoy allí estaba presente ya hace unos 500 años a excepción del de capim melao, una gramínea introducida del Africa. . Esos contrafuertes están acostumbrados durante siglos a mostrar cubiertas graminosas soportadas por unos suelos cuya estructura y composición requiere de mucho trabajo previo a las siembras de especies arbóreas. Tantas veces he visto que se gasta esfuerzo y dinero sembrando y luego las plántulas mueren de sed, abandonadas al olvido. Lo cual nos manda de nuevo al primer punto, la urgencia de un sistema de riego por gravedad que atienda esta necesidad de romper las condiciones actuales del suelo y que esté listo y funcionando, antes de intentar sembrar la primara plántula. Si, alguien puede tener algo respetable y positivo que decir y hacer en esto es el ingeniero José Rafael García, agrónomo veterano, quien fuera director de Parques Nacionales desde su fundación durante unos 28 años, y quien es el responsable de la existencia de la red de captación y distribución de agua y todo el apresto que siempre hubo en el parque para combatir los incendios, y luego poder sembrar especies vegetales pioneras apropiadas para ese suelo. Nuestra preocupación actual es la de que en el afán de sembrar no se otorgue el énfasis debido a lo fundamental que es garantizar el agua para la vida de las plantas que se siembren. Y, esto, considerando que intervenir dotando o mejorando la existencia de agua y sembrando, no deja de ser una intervención tan humana como la quema. Por eso, cuando vemos por las evidencias gráficas cómo era antes, también hay que notar que Vareschi encontró en esas faldas de cerro sabanas antropógenas y sabanas naturales. Por eso es conveniente recordar que estos extensos contrafuertes desnudos de vegetación arbórea se ubican a sotavento de la montaña, por lo cual reciben menos precipitación y son más secos. Esto nos hace pensar que en determinadas zonas quizá sea erróneo re-forestar, porque tal vez nunca -por efectos del clima y de los suelos- tuvieron sobre sí esa fulana “forestación”. Por tanto, ¿será realmente posible luchar contra la naturaleza (como no pudo nunca Simón Bolívar, ni nadie) y pretender reforestar -por siempre- lo que tal vez nunca fue forestado? Hay que pensarlo muy bien, para tomar esas decisiones y lograr hacerlo bien, porque de otro modo será menos traumático permitir que la montaña misma decida cómo quiere tener cubiertas sus laderas. De alguna manera la montaña se defiende sola. De otro modo, luego de quinientos o más años, quemándose todos los años, el daño hubiera llegado a la orilla del mar hace mucho tiempo. Sin embargo, las pinturas y fotografías viejas, y la misma situación actual demuestra que la montaña no se ha dejado quemar y que de algún modo le ha puesto coto al fuego a cierta altura. Si nosotros llegamos en auxilio de la montaña en el año 1958, la verdad es que llegamos bien tarde. Además y por definición de áreas naturales protegidas con la figura de Parque Nacional, tenemos que abordar una cuestión de ética conservacionista: si la figura del parque nacional incluye entre sus objetivos, garantizar que los procesos naturales se mantengan en el tiempo, entonces hay que diferenciar lo natural de lo humanizado, pues la mejor manera de garantizar que los proceso naturales se mantengan en el tiempo es mejor dejarlos en paz. Esto, para dejar que la naturaleza se comporte como ella sabe, e intervenir lo menos posible, nosotros los humanos, con las torpezas típicas de elefante en cristalería. |




