| Una nación embasurada |
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Tulio Hernández. El Nacional. 13 de Septiembre de 2009Hace aproximadamente dos años, en una reunión de la Asociación de Periodistas Extranjeros en Caracas, luego de hablar largamente sobre la conflictiva situación política venezolana, le pedí a los asistentes que con la mayor sinceridad posible confesaran cuáles eran desde sus perspectivas personales las cosas que más negativamente les impresionaban de Venezuela. Para mi sorpresa el tópico que dominó en sus respuestas no fue el de la inseguridad sino el de la basura. Los periodistas presentes, latinoamericanos unos, europeos otros, comentaron que les impresionaba la manera cómo los venezolanos de todas las clases sociales, subrayaron lograban convivir sin aparente disgusto con la omnipresencia de la basura en las calles de las ciudades, las escaleras de los barrios, las playas, los bordes de las carreteras e, incluso, los centros comerciales y zonas ideales como las urbanizaciones del este de la ciudad capital.
Contaban algunos cuánto les impresionaba, por ejemplo, las pirámides de basura acumuladas muy cerca de restaurantes de alta calidad en la avenida Solano de Caracas; la manera cómo niños, no precisamente en situación de pobreza extrema, juegan fútbol o beisbol en medio de bolsas plásticas que derraman desechos alimenticios; la impunidad con la que en una carretera alguien, ya sea desde un destartalado Malibú de los años setenta o un Mercedes Benz 280-XL, lanza una botella de cerveza recién deglutida; el nauseabundo olor de basura acumulada que se respira en centros comerciales como El Recreo, Lido o Centro Plaza, no precisamente lugares de marginalidad económica; o la frecuencia con la que a plena luz del día un hombre se baja de su auto o de su moto, extrae su miembro del pantalón y orina en medio de la vía pública. En el fondo, creo que de la manera más decente posible me querían decir algo así como: “Nos impresiona cómo ustedes pueden vivir en medio de tanta cochinada”. No lo he olvidado. El cuento viene al caso porque en estos días de vacaciones que ahora terminan, luego de visitar las playas aragüeñas del municipio ahora llamado Costa de Oro, cuya capital es Ocumare de la Costa, pude constatar personalmente el proceso de deterioro social y degradación ambiental de una zona cuyas bellezas naturales podrían convertirla en un gran centro de desarrollo turístico, capaz de generar bienestar inmenso para su población y dignos servicios de esparcimiento para los habitantes de menores recursos de las ciudades cercanas. Pero no es así. Por lo menos no en la zona que se conoce como El Playón, adonde viajan los fines de semana centenares de temporadistas que en condiciones infelices tratan de disfrutar del mar sin que hayan las más mínimas condiciones que los gobiernos democráticos deberían ofrecer: balnearios con servicios públicos de baños y regaderas, aguas no contaminadas, playas limpias y vigiladas, generosos servicios de transporte. Nada de eso. Allí no hay nada de eso. Hay calles tortuosas llenas de huecos y de aguas negras. Licorerías, muchas licorerías. Basura, mucha basura. Y personas que no tienen la más mínima conciencia sobre la relación entre la recolección de los desechos y la calidad vida (”¿Señor, podría recoger esa botella rota que puede cortarle el pie a uno de sus mismos niños?”. Y el hombre contesta: “¿Te vas a poner con esa pendejada, pajúo?”).Y perros realengos que la esparcen por la arena. Y zamuros que, vigilando su carroña, vuelan sobre el mar con más destreza que las gaviotas. Y canales de aguas empozadas en los que las personas humildes van a liberarse de la sal porque no hay otro lugar dónde hacerlo. Y ni uno, aunque sea uno, un tobo, un tonel, una cesta, en el que puedan depositar las latas y las botellas aquellos que por suerte todavía existen que se empeñan en recogerlas en una bolsa. Mucho menos una campaña para promoverlo. ¿Y a quién le importa? En una nación extenuada por la lucha política. En un país hipnotizado por la polarización en torno a la figura del caudillo, la basura física que nos rodea es un problema sin dolientes. Tal vez, porque es el correlato de la otra basura, la intangible, la psíquica, la ideológica y la petroleroconsumista, que nos tiene enfermos sin que nos hayamos dado cuenta por qué. |
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